La infancia rota: l@s niñ@s del 11

Pese a que sus protagonistas se han ido casi todos, el 11 y sus secuelas continuará marcando no sólo la agenda pública, sino también nuestras vidas, y las de niños y niñas cuya infancia está lastrada por esa tragedia.

Por Edison Ortiz

Hace poco, haciendo clase en la Usach a alumnos de postgrado, al repasar los hechos de 1973, no hubo nadie que no tuviera un recuerdo de ese día y sus consecuencias. Los de una edad similar a la mía, es decir cerca de 55, tenían registros claros y confusos de esa jornada y del entorno familiar. Recuerdo que Ángela, Carla y otras chicas, nacidas más tarde – mediados de los 70 -, si bien no vivieron presencialmente la tragedia, sí conocieron sus impactos: familias dónde no se hablaba, de parientes presos o exiliados, o del silencio sobre el tema en los colegios en los que estudiaron. 

El 11, y sus secuelas, pese a que sus protagonistas se han ido casi todos, continuará marcando no sólo la agenda pública, sino también nuestras vidas, y las de niños y niñas cuya infancia está lastrada por esa tragedia. Es una advertencia a la visión adulto-centrista que, en episodios como ese, anula la de infantes a quienes marcó a fuego.    

Nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro

Luis Pérez, el “chico Ernesto”, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que su mascota, también es un detenido desaparecido.

Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Estaba muy enfermo; sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80. “El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la Juventud Socialista de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que su mascota, es también un detenido desaparecido. Fue ese hecho, más que el drama de su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política combatiendo a la dictadura. Lucho, cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

Incertidumbre en Coya

Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, vecinos destapando botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron. Mis padres estaban muy angustiados y mi cumpleaños fue muy triste: sólo con galletas de agua. Septiembre fue un mes en el que no sabíamos nada de mi hermano Pablo; llegaban rumores, historias de gente que aparecía en el río Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

“De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defenderme, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”. En 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la Prueba de Aptitud Académica.

¡Dónde está la Rosa Acevedo!

Rosa Acevedo tenía 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’. Eso me quedó grabado. Luego saltan mis recuerdos hasta el anochecer. Estábamos durmiendo y como ocho o diez milicos nos empujaron la puerta, nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron sólo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a mi primo Matías y mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana, llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos revisaron y encontraron revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá dice ‘está frente a usted, es esta niñita’. No volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento».

Un día pletórico de miedos y angustias

Vicente Peña Palominos, un allendista que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua, rememora así el 11: “Estaba en clases y, como de costumbre, se suspenderían prontamente pues ese era el día del Maestro, y habría un acto conmemorativo en el que participaría con una de mis poesías que había escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y cantaban alegres lo que contrastaba con nuestra pena y rostros cabizbajos. Ese día pasamos pegados a la única radio a pilas”.

Suicidio en Huichunguala

Claudio Contreras Labra, presidente del Centro de Alumnos de la Industrial de San Fernando, no resiste la presión del 11 y frente a las estrellas se suicida aquella noche en el fundo Huichunguala, Pichidegua. Casi medio siglo después, Gloria Durán, alumna del Liceo de Niñas, su novia, aún no supera aquel hecho.

“Mi papá supo que el golpe era una tragedia”

Esteban Valenzuela, con 9 años cursaba el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, recuerda que “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaban gritando que los militares derrocaron a Allende… En casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban en radio Magallanes, las últimas palabras de Allende, y vieron en la tele las imágenes del combate… La abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia. La hoguera creció cuando papá, con ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”.

“El milico nos humilló”

Néstor Ramírez, santacruzano, recientemente fallecido, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relató así ese día:

“Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron de clases y nos reunieron en el gimnasio donde nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país: los estudiantes debían dedicarse a estudiar, gobernaba una Junta de Gobierno y la canción nacional había que cantarla con ganas’. Agregaron: ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, Tatico Cucumides y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando apareció un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

“Sabía que a mi viejo se lo iban a llevar”

Titín, quien tenía 14 años y se encontraba internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11:

“En la Escuela teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar. Rumbo a la sala, un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía que estaban atacando y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno; vinieron con casco y metralleta y lo sacaron esposado. Le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

La patrulla militar encañonó a su madre

José Luis Almonacid tenía apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre cuando una patrulla militar encañonó a su madre, embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día 16. Su padre volvió a casa, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las 11:30, llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevaron. Lo empujaban e iba nervioso, manos en alto. Usaba lentes y al llegar a la esquina, Almonacid trastabilló y al intentar sujetar sus lentes que se caían, sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

“En la operación rastrillo, nos encerraron en una pieza”

En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis por la relación que tenía con mi padre o por tía Gladys, fallecida en enero de 1973, en la playa de Quinteros. Fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. Recuerdo que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que bombardearían La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo, pero delante de la habitación de la tele, nuestro rincón donde habitualmente veíamos dibujos animados o Música Libre. Allí pendía un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi madre creía conversar con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del presidente.

Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo y a los niños nos encerraron en la misma pieza del 11, mientras el militar que comandaba decía a los grandes en la cocina, «no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas». No tengo ningún recuerdo de si tuve fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

“Resuenan los balazos”

La inolvidable, Rosa Riquelme, vivía en Curicó y sus destellos son los de una niña que, para el 11, cuenta con apenas seis años; su abuelo era de izquierda y el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de ese día.

“Pinochet en la tele”

Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. veía Plaza Sésamo en Canal 13 cuando cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. No tuvo clases y luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

“No quería disparar a su padre”

Mi primo que hacía el servicio militar y que estaba en La Moneda con la orden de disparar a lo que se moviera, lo único que no quería era disparar a su padre.

El Chino Arriagada, de seis años,residía por entonces en la Región Metropolitana. Ese día su padre debió trabajar y de regreso, tomó micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que hacía el servicio militar y que estaba en La Moneda con la orden de disparar a lo que se moviera. Su primo les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era disparar a su padre. José Miguel, vivió la angustia de la tensa espera de su padre.

“En la casa de mi abuela lloraron a Allende”

Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

“Papá, sé por qué no estás con nosotros”

Max Coloma, tenía la misma edad y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día, intentando resistir. Max le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que: “sé cuál es el motivo por el cual no estás. Quiero decirte que vi cuando murió Allende, pues subí al techo vi cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

Jodieron nuestra infancia

Los, los niños del 11 lo pasamos muy mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como René Schneider de Rancagua–, y con las puertas estallando por las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° y 2° básico, porque decía “población Unidad Popular” y el susto de nuestros padres, el hambre de fines de los 70 o la militarización social de los 80.

Pinochet jamás imaginó que seríamos los niños y niñas que miramos cómo los militares hacían añicos la vieja república los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría.

Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia. Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, en el barrio o en las universidades, colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88 pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Pinochet jamás imaginó que seríamos los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

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1 comentario en “La infancia rota: l@s niñ@s del 11”

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