Voyager, una reflexión sobre nuestra memoria

En las últimas dos décadas Chile ha visto el surgimiento de una dotada generación de escritores que eran niños para el Golpe. Una de ellas es Nona Fernández que en su última obra nos lleva a explorar el pasado, uniendo su historia personal con la del país y de las estrellas.

Por A.C. Mercado Harvey

Chile vive un momento dorado a nivel narrativo. Hay una generación de escritores nacidos en los 70 y 80 que creció en dictadura y que escribe novelas sobre esa experiencia de un modo diferente a la anterior que era adulta ya para el golpe del 73. En esta generación están premiados escritores a nivel nacional e internacional como Alejandro Zambra, Alejandra Costamagna, Álvaro Bisama, Marcelo Leonart y Nona Fernández entre otros. Estos escritores han desarrollado su literatura dentro de lo que se conoce en círculos académicos como literatura del trauma. Es decir, obras que exploran el pasado traumático de un país y su memoria de diversos modos con un pastiche de géneros literarios. Nona Fernández ha escrito toda su obra en esa clave y su última, Voyager (2020), es una que cruza los géneros de la crónica, el ensayo, y la autobiografía o auto escritura. Esta obra es pastiche y a la vez nos lleva a una profunda reflexión sobre nuestro pasado como nación.

La autora toma como punto de partida una situación personal como es la enfermedad de su madre y desde allí se lanza en una narración que conecta puntos tan inconexos como la historia de las estrellas, la del país y su historia familiar. Es una propuesta arriesgada que podría no haber funcionado, pero Fernández hace un fino trabajo conector en torno a la memoria. El trauma del pasado aparece de un modo multidimensional.

La escritora nos cuenta que su disparador fue que le pidieron escribir algo con motivo de un proyecto en que se nombraría a nuevas estrellas con el nombre de las víctimas de la Caravana de la Muerte y a ella le pidieron escribir sobre uno de ellos. En ese contexto conocemos la historia de una viuda que se pasó la vida buscando los restos de su marido. Una historia como miles de otras durante la dictadura de Pinochet. Para muchos de nosotros es una pesadilla ultra conocida, sin embargo, para buena parte del país es una memoria incómoda que preferirían enterrar. Nona Fernández nos trae de vuelta esa historia, pero no parece repetida porque, con la habilidad de su creación, logra tomar algo conocido e iluminarlo de un modo nuevo.

La conexión de un desierto privilegiado para la observación astronómica, y que fue también escenario de los crímenes más horribles que haya vivido Chile, es un modo original de llevarnos de vuelta a ese pasado que no podemos olvidar, porque no hemos lidiado con él como debiéramos. Esa es la tecla sensible que toca Fernández y que, a su vez, nos trae al presente de un país que sigue intentando enterrarla. Esa vuelta al presente la hace por medio de la historia de su hijo adolescente, que debe dar un discurso sobre ese pasado y es censurado por su colegio. Esa anécdota real nos dice todo respecto a cómo hemos intentado esconder la cabeza en la arena de nuestros desiertos en un afán amnésico que nunca resulta del todo.

Fernández nos lleva por un viaje que recorre la memoria en un sentido amplio, desde lo personal hasta lo universal, todo unido por los acontecimientos del 11 de septiembre y la pesadilla vivida por los siguientes diecisiete años. Una vez más llegamos a la conmemoración que nos marcó para siempre como país. Ya logramos deshacernos del feriado, de la celebración de aquellos que continúan sosteniendo la mentira del milagro económico, de la derrota del comunismo inminente, de una falsa guerra civil. Sin embargo, el 11 no puede ni nunca podrá ser un día como cualquier otro, porque hay miles y miles de chilenos que conmemoran la muerte de sus seres queridos, la mayoría sin tener un lugar donde ir a dejarles flores. Por eso, los invito a reflexionar y no hay mejor manera de hacerlo que con un libro en la mano, con uno que nos invita al pensamiento, a la conmemoración y a luchar contra el olvido porque, como decía el magistral Faulkner, la historia no es pasado porque ni siquiera ha pasado. Eso en Chile sigue siendo más cierto que nunca.

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