La difusa identidad rancagüina

“Rancagua, un puerto sin mar y sin orillas… todo se mueve en este lugar que nadie quiere… (sus habitantes) llegan, viven un tiempo en cualquiera forma y se van”

Raúl González Labbé

Por Edison Ortiz

Llega octubre y junto con la primavera la remembranza de dos fechas tradicionales de la capital regional: el 1 y 2 de octubre en que se conmemora el 207° aniversario de la batalla de Rancagua y luego el 5, conmemoración de 278° de la fundación de la ciudad, ocurrida allá por 1743. 

Tiempo preciso para preguntarnos sobre nuestra identidad –entendida como el mínimo común que construye la relación entre individuos que habitan un territorio- como miembros de una urbe que crece descontrolada, sin ninguna planificación, de personalidad vaga y cuya alma se ha dividido históricamente entre ser parte de la metrópolis o frontera norte de acceso a la zona huasa.

Identidad borrosa que se ha evidenciado en sus heterogéneos símbolos y frases con los que cada alcalde ha querido darle su sello: “Rancagua, ciudad amable”; “Rancagua, ciudad segura”; “Rancagua, ponte bella”; “Rancagua, ciudad de héroes”; “Rancagua, capital”; “Rancagua, se vive” (y otros no buscados pero ganados con creces como “capital de la corrupción”). O el eslogan de su escudo, cuyo símbolo es el ave fénix, que reza “renace de sus cenizas porque su patriotismo la inmortalizó”. Todo ello da cuenta de la falta de una visión integradora de la ciudad, ya desde sus autoridades.

¿Ciudad de héroes?

En años habituales, es decir sin pandemia, era moneda corriente que en los diversos barrios de Rancagua se escuchara el resonar de ecos de bandas escolares, imitando el modelo militar, fenómeno paralelo al despliegue de desfiles que, comenzando allá por inicios de septiembre, se extendía hasta pasado el 5 de octubre. Era un ritual que no solo construía escasa ciudadanía y empoderamiento cívico, sino que, además, transformaba a muchos de sus habitantes en actores zombis de un reparto marcial que, a algunos, nos cansaba y aburría tal como el sonido uniforme y plano del reggaetón.

Son los sellos de una identidad tradicional con los que hemos crecido miles de rancagüinos y cuyo anclaje es el hecho histórico de la batalla (o desastre) que enfrentó a las fuerzas pro-independencia, comandadas por O’Higgins, frente a las fuerzas realistas, cuyo ejército en grueso número eran también nacionales.

El preludio de ese episodio es la anarquía que predomina entre los hacendados locales y que divide al bando nacional en dos facciones: o’higginistas y carrerinos que se enfrentan el 26 de agosto de 1814 cerca de Nos en la olvidada batalla de las Acequias, favorable al grupo de los malogrados hermanos. El desembarco de Osorio, si bien alerta a los criollos, no elimina sus diferencias: mientras José Miguel Carrera prevé un choque en la angostura de Paine, el chillanejo culmina por hacer una maniobra táctica que se estudia en las academias militares como lo que no se debe hacer en batalla en una ciudad con diseño de damero fácil de bloquear: atrincherarse en su plaza de armas.

El día 2, cuando Osorio ha decidido incendiar la pequeña urbe, O’Higgins logra escapar de la ciudad no sin antes dejar una cuantiosa pérdida en vidas humanas. Se cuenta que solo un tercio de sus soldados sobrevivieron a la estampida. En tanto, desde Angostura de Paine, los Carrera ven la humareda de la ciudad, quemándose, antes de retirarse, sin espasmo.

La suerte de los patriotas está echada y en Rancagua se restaura el poder de la corona durante los próximos años. La mitología patriótica dieciochesca indicará, con posterioridad, que tal desastre, dada su contundencia, fue clave para formar el sentimiento nacionalista. A falta de fuentes fidedignas, no sabemos cuánto de aquello es antes mito que realidad.  

Será la historiografía oficial del siglo XIX, aquella que tenía que contribuir a inventar el mito de la nación, la que hará de las batallas sin gloria –entre ellas la de Rancagua– y de “los héroes patrios” un recurso permanente para crear y consolidar nuestra aún débil identidad nacional.

Fue un relato entendible en el contexto de la formación de la nación. Pero tras más de 200 años, no solo no da cuenta de un Chile distinto y de otro Rancagua. Hoy, esa lectura tiene mucha disonancia con los valores que se imparten en el currículo oficial como la inclusión, la importancia del otro y hace parte de un mito guerrero que ya no tiene espacio ni tiempo. Por eso, las conmemoraciones en torno a esta narración se tornan atemporales, vacías y huecas, y no se condicen con la sociedad actual. Menos en una urbe donde hoy, la mayoría de su población es el resultado de una migración flotante mucha de la cual llega por trabajo y luego se va.  

¿Reinventar nuestros mitos urbanos?

Si. Más contemporáneos, urbanos, amistosos e inclusivos. Siendo concejal de la ciudad y bajo la égida de tres alcaldes postulé, defendí y escribí sobre tres hechos del siglo XX en los cuales l@s rancagüin@s podríamos reconocernos e identificarnos: la épica del mundial de fútbol de 1962 que tuvo a Rancagua como subsede del grupo cuatro; la Nacionalización del cobre impulsada desde 1950 por dirigentes de la Confederación de Trabajadores del Cobre y el movimiento de protestas que estalló el 11 de mayo de 1983 y que tuvo como epicentro a Rancagua bajo el liderazgo de sindicalistas tenientinos como Rodolfo Seguel y Eugenio López.

El Mundial de fútbol, en un orbe que recién se asomaba a las audiencias planetarias, globalizó a Chile y lo puso en el circuito internacional, mostrando a Rancagua como anfitriona de las selecciones de Bulgaria, Inglaterra, Hungría y Argentina. Ni hablar de la Nacionalización, difundida urbi et orbi, obra del presidente Allende celebrada desde la plaza de Los Héroes y que aún perdura en el inconsciente nacional, bajo el sello de “la segunda independencia de Chile”. Por último, en el contexto de una dictadura feroz, son los mineros y dirigentes de la Zonal El Teniente quienes encabezan las protestas que estallan el 11 de mayo de 1983 y que cinco años después acaban con la dictadura.

En 2008, esos tres hitos quedaron plasmados en el Plan de Desarrollo Comunal (Pladeco) y pasaron a ser constitutivos de una parte de nuestra identidad. Pero ¿somos eso? Algo.

Otras identidades no buscadas

Desde que en 1995 el alcalde Esteban Valenzuela denunció a una empresa que intentó sobornarlo por un contrato de basura, el tema de la corrupción no nos abandonó más. Así en 2002-2003, estalló el escándalo de las Plantas de Revisión Técnica (PRT) que terminó con el diputado Juan Pablo Letelier preso para luego, sufrir una de las principales réplicas del caso MOP-GATE, con el intendente Ricardo Trincado, también, detenido por los sobresueldos a altos funcionarios del MOP.

En 2005, la ciudad nuevamente sería protagonista de otro escándalo: “Chile recortes”, que involucró a la agencia gubernamental del deporte, que afectó a la máxima autoridad de la entidad y a un club de fútbol, Salvador Allende, vinculado a militantes del PS local.

En 2006, se votó, tanto a nivel de concejales en las comunas involucradas, como de Cores, el lugar donde se instalarían los dos casinos, oportunidad en que se hicieron famosos los autos nuevos, los famosos “Paihuén”, que exhibieron varios de los involucrados en la adjudicación a la empresa que instaló el casino en Mostazal.

El 2012, hubo que repetir una votación por una licitación de la basura en que dos concejales intentaron incorporar a una empresa que había quedado fuera de la licitación en el proceso. Luego del resultado, una de ellas recurrió al Tribunal de la Libre Competencia (TLC).

Ni hablar del caso Caval que estalló en febrero de 2015, que involucró al hijo y nuera de la presidenta en la adquisición de terrenos en el límite comunal entre Rancagua y Machalí, lo que llevó a mínimos la popularidad del gobierno de Bachelet 2.

En 2016 estalló el caso fraude en la corporación municipal del Teatro Regional, acusación que destapó el desvío de fondos con fines políticos y acusaciones por acoso contra el ex alcalde Soto.

Como la lista es larga, mencionamos también el caso de 2019 de los jueces de la Corte local, suspendidos por tráfico de influencias y pagos indebidos que acabó con uno de ellos suicidándose y con los otros expulsados de la judicatura.   

En paralelo, el club de la pelea del Ministerio Público empieza aquí su disputa entre el fiscal nacional y el fiscal regional, con este último suspendido y enfrentado con su subalterno Sergio Moya.

Y hoy tenemos finalmente, un edifico municipal incendiado en extrañas circunstancias y probables pronunciamientos de contraloría en torno a procesos mal implementados en el municipio local.

¿Somos, como lo dijo un amigo, la capital de la corrupción? Comunicacionalmente, parece que sí.

Otra identidad no intencionada pero muy visible que predomina hoy, es la de una urbe sucia, con extrema pobreza que se ve en calles y edificios, colmada de perros vagos, por calles y avenidas congestionadas y transitadas por conductores exaltados y con microbasurales por todo el entorno

Otra identidad no intencionada pero muy visible que predomina hoy, es la de una urbe sucia, con extrema pobreza que se ve en calles y edificios –costado iglesia de San Francisco, Plaza Hundida frente a la UOH o las afueras de la estación de trenes-, colmada de perros vagos, por calles y avenidas congestionadas y transitadas por conductores exaltados y con microbasurales por todo el entorno (camino la Cruz, Carretera El Cobre, río Cachapoal, camino Punta de Cortés, San Ramón, entre otros).

Epílogo: ¿cuál es la identidad que queremos?

¿Somos l@s rancaguin@s ciudad de “héroes”? Parece que no. ¿Una ciudad mundialera, vinculada a la nacionalización y espejo de resistencia cívica? Un poquito. ¿“capital de la corrupción”? parece que harto, pero esa imagen no puede representar nuestra esencia. ¿Urbe de perros vagos, miseria y microbasurales? Entiendo que también.

A propósito de estas dos relevantes fechas, ojalá l@s rancaguin@s podamos darnos un tiempo para pensar lo que somos, lo que queremos ser y aquello que no deseamos como símbolo identitario, teniendo claro que hoy la urbe mayoritariamente es población flotante y que nuestra historia es variopinta.

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3 comentarios en “La difusa identidad rancagüina”

  1. Buen artículo Edison. Concuerdo con tu diagnóstico aunque hecho de menos profundizar en sus causas y como actor político relevante de la región y de la comuna, mayor decisión y compromiso para atacar sus causas.

  2. Edison, gracias por el texto. Invita. La reflexión y a contraponer argumentos. Usted basa la identidad final en torno a las.pugnas políticas de moda…. En ese nivel parece interesante su relato más aún, cuando «ser Rancagüino o rancagüina implica mucho más.que dichas pugnas pues releva la.posiciok político ideológica de nuestra sociedad.

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