El poder del lápiz y el papel

Estamos en un momento decisivo en nuestra historia política, como lo estuvimos el 88. El llamado es a estar a la altura de las circunstancias y a no desperdiciar la oportunidad que tenemos de hacer cambios reales y no cosméticos.

Por A.C. Mercado-Harvey

El mes de octubre es uno cargado de fechas, cuando se trata de los procesos transformadores en la historia reciente de Chile. En los últimos 33 años hemos tenido dos procesos de cambios radicales. El primero es el que conmemoramos esta semana, el 5 de octubre, fecha en la cual sacamos del poder al dictador Augusto Pinochet después de 17 años en el poder. Lamentablemente, en las últimas décadas esta fecha ya no conlleva el ánimo celebratorio del pasado por su conexión a la Concertación de Partidos por la Democracia. Sin embargo, ambas deberían separarse. Una cosa fue la enorme lucha que se llevó a cabo para que las fuerzas democráticas prevalecieran y salir de la peor dictadura que ha tenido nuestro país. Otra, es la coalición de partidos que gobernó por 20 años. Es importante recordar algunos detalles que para los más jóvenes han quedado en el olvido: la alianza de partidos de la Concertación fue siempre dominada por el centro, con dos presidentes de la DC (partido que, en todo el mundo menos Chile, es de derecha) y uno del PPD, un injerto de perro en gato. No hay que olvidar que Ricardo Lagos no fue un presidente de izquierda ni mucho menos. Recuerdo haberlo visto en la Universidad de Brown en Estados Unidos junto a su mejor amigo político FHC (Fernando Henrique Cardoso) de Brasil, un político de centro derecha moderada. En esa ocasión, ambos señalaban el gran parecido que tenían ambos en sus ideas políticas y económicas. A mí me pareció algo obvio, puesto que ambos pertenecen al mismo lado de centro derecha. Es cosa de ver las políticas del gobierno de Lagos para corroborar esa afirmación. La frase “dime con quién andas y te diré quién eres” calza a la perfección en este caso.

Tampoco debemos olvidar que esa coalición de centro debió hacer cambios graduales en medio de una democracia tutelada por el ejército, con Pinochet en el congreso, juegos de enlace en los 90, senadores designados, sistema binominal, etc. Es decir, una democracia cuando menos coja. Así todo, hubo mucho más crecimiento económico que durante la dictadura y Chile se disparó en desarrollo en comparación a los vecinos regionales. En esos años, pasamos de tener casi la mitad de la población en la pobreza a menos del 10%. Sin embargo, dos cosas cruciales no cambiaron: pensiones y sueldos. Ese fue el caldo de cultivo para llegar al estallido social del 18 de octubre de 2019.

Pero volvamos al plebiscito del 88. La constitución del 80, aprobada en una consulta ciudadana fraudulenta tenía su talón de Aquiles en la posibilidad de sacar al dictador mediante una votación. La arrogancia y el exitismo, que volaban por las nubes, eran tales que los miembros de la dictadura cívico-militar se creyeron el cuento de la invencibilidad. Ellos contaban con que la oposición fragmentada nunca se pondría de acuerdo. Como aparece en la película No de Larraín, esa predicción estuvo cerca, pero las cabezas frías prevalecieron y se logró el histórico acuerdo que llevó a la realización del plebiscito. Estaban aquellos que no creían en la vía democrática, y que apostaban por la lucha armada, que se restaron. Esos grupos hacen eco de aquella izquierda que en su momento quisieron crucificar a Boric y a Jackson por firmar el acuerdo que permitió que existiera la Convención Constitucional que tenemos hoy.

Doy fe del proceso del 88, fui parte de los cientos de jóvenes que fuimos enlace. Nuestro trabajo consistía en vigilar mesas en locales de votación y llevar un conteo paralelo para que no se robaran la elección. Nos escogieron a propósito por ser menores de 18, de modo que si nos aprehendían no estaríamos mucho tiempo presos. Parecía una película de espionaje, teníamos hasta santo y seña para entrar en un departamento en el centro de Rancagua, donde íbamos a dejar los cómputos. Ese fue un granito de arena, entre los miles que pusieron muchos chilenos que fueron vocales de mesa, que organizaron el conteo, etc. Recuerdo la algarabía cuando ya de madrugada se confirmaba que el No había ganado. Con un lápiz y un papel habíamos sacado a un dictador e iniciábamos una democracia, que con lo bueno y lo malo ha sido mucho mejor que la pesadilla dictatorial. Es importante decirlo, porque muchos jóvenes no saben lo que es una dictadura, gracias a ese hito.

Adelantemos la cinta 31 años más tarde. Una simple alza en los precios del transporte público comenzó un incendio gigantesco en la población chilena. La gente, cansada de los abusos, las injusticias, la desigualdad, los bajos sueldos y las pensiones, salió a las calles a protestar en masa. No era la primera vez que un evento de este tipo se registraba en nuestra historia, la revolución de la chaucha de 1949 y la batalla de Santiago de 1957 son claros antecedentes. González Videla e Ibáñez del Campo manejaron la situación tan bien como Piñera: mandaron fuerzas militares y policiales que terminaron con muertos y heridos. La historia no se repite, pero sí hace harto eco.

En los años anteriores al 2019 ya había agitación en el aire. La revolución pingüina fue una pequeña muestra de lo que estaba por venir. Los jóvenes se movilizaron y allanaron el camino para que las nuevas generaciones y las de más edad también salieran a protestar cuando la gota rebalsó el vaso.

En los años anteriores al 2019 ya había agitación en el aire. La educación fue la bandera de lucha de jóvenes escolares y universitarios; la revolución pingüina fue una pequeña muestra de lo que estaba por venir. Los jóvenes se movilizaron y allanaron el camino para que las nuevas generaciones y las de más edad también salieran a protestar cuando la gota rebalsó el vaso. En 2019 no fue un grupo, fueron todos o casi todos. Esas movilizaciones a nivel nacional, que culminaron como todo en Chile en Plaza Italia, fueron la incepción de un plebiscito que hoy tiene instalada una convención que escribirá una nueva constitución que, si es aprobada, nos regirá por las próximas décadas. Fueron días tensos, con víctimas del abuso policial con la consecuencia de pérdida de visión, con incendios en estaciones de metro, presos, muertos y demás. Los ecos del 49 y el 57 sonaban fuerte. El gobierno llegó a su punto de aprobación más baja con números nunca antes vistos por debajo del 10%. El manejo de la crisis fue paupérrimo, pero la habilidad política de un grupo de parlamentarios salvó el proceso y se consiguió un acuerdo desde el FA hasta la UDI. Nuevamente en la historia de Chile lográbamos un cambio transformativo por medio de un voto. El plebiscito terminó ocurriendo con una votación que nadie esperaba: con un 80% por la opción de la convención, de acabar con la constitución del 80. El nivel de participación fue también enorme, tanto dentro como fuera del territorio nacional.

Hoy ya tenemos instalada la Convención y su presidenta, Elisa Loncón, declaró que la idea era comenzar a escribir la nueva carta fundamental el 18 de octubre, el mismo día del estallido social, 3 años más tarde. La fecha es simbólica de ese momento en que Chile dijo basta de lo mismo. El ambiente que se vivió por esos días me recordó a la euforia que vivimos el 88, tras el plebiscito con el que finalizamos la dictadura. Ver gente bailando en las calles, cantando, abrazándose a muchos nos provocó un flashback de otra época, cuando nos llenábamos de esperanza del futuro que venía. Está claro que las expectativas eran muchas y por eso vino la subsecuente desilusión de muchos. En este proceso podría ocurrir lo mismo. De hecho, ya hemos visto en las encuestas como ha ido bajando la aprobación de la Convención y la erosión de la Lista del Pueblo, entrampada en un escándalo tras otro. Es de esperar que no caigamos nuevamente en la sobre expectativa y esperemos que la nueva constitución nos vaya a cambiar la vida, subir sueldos, pensiones y demases. Aquí nos hace falta educación cívica para entender bien qué es una carta fundamental, y qué va en ella. De partida, no es una lista de supermercado ni una carta al Viejo Pascuero. Sí es un rayado de cancha, las reglas del juego de cómo debe funcionar nuestro país. Es por eso que debe haber consenso, por ello un lado no puede imponer sus ideas sobre el otro, porque si aquello ocurre, no va a durar ni va a ser aceptada por la mayoría.

Estamos en un momento decisivo en nuestra historia política, como lo estuvimos el 88. El llamado es a estar a la altura de las circunstancias y a no desperdiciar la oportunidad que tenemos de hacer cambios reales y no cosméticos. A partir del 90, con todos los problemas, hubo grandes transformaciones. Sin embargo, no fueron suficientes. Esta nueva constitución es precisamente la oportunidad de escribir las bases para esos grandes cambios que Chile tanto necesita. No dejemos de celebrar ni el 5 ni el 18, gracias a esos eventos hemos avanzado y seguiremos en ese camino, si logramos concretar este proceso transformador.

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