Inflación, recesión, y desequilibrio: la economía global en búsqueda de la normalidad

No hay duda que pasamos por un momento económico complejo, con la pandemia y la guerra en Ucrania como sus principales motivos. Aunque los opositores digan lo contrario, poco tiene que ver el gobierno de turno en la crisis. Sin embargo, es importante entender las verdaderas causas del momento difícil que vive la economía global y no dejarse engañar por falsas promesas o soluciones demagógicas que solo empeorarían las cosas.

David Allen Harvey

Esta semana se dio la noticia de que la economía de los Estados Unidos, la más grande del mundo, entró en recesión; es decir, ya lleva dos cuartos de año, o seis meses, con crecimiento negativo.  Hace más de dos años ya que las noticias económicas son poco alentadoras. Desde el inicio de la pandemia de COVID-19 en Wuhán, China, en diciembre del 2019, y su llegada al resto del mundo a lo largo del año siguiente, la economía global ha estado en desequilibrio, y todavía no se ha vuelto a la normalidad. Hay varios factores en juego. Primero, como China se ha convertido en la gran fábrica del mundo, produciendo productos de todos los tipos (ropa, celulares, electrodomésticos, automóviles, etc.), la irrupción de una pandemia en el país más poblado del mundo gatilló una crisis económica mundial. El gobierno de Beijing respondió a la crisis con una cuarentena casi absoluta en las zonas afectadas, dejando literalmente millones de personas encerradas en sus habitaciones durante semanas o meses, y con cierre de fronteras. Luego, con la extensión de la pandemia a Europa y a Estados Unidos, los otros dos grandes centros de la economía mundial, el proceso se repitió, aunque las cuarentenas occidentales nunca fueron tan estrictas como las del régimen autoritario de China.

Como resultado de la pandemia, sectores enteros de la economía mundial, como los del turismo y transporte, colapsaron, y varios otros enfrentaron una serie de crisis. Las dificultades de obtener productos desde China causaron escaseces de todos tipos—durante más de un año los automotrices estaban vacías, y faltaban productos de todo tipo en los supermercados y almacenes. China también bajó sus importaciones del resto del mundo, por ejemplo, de cobre chileno, del cual es lejos el comprador más importante.  Muchas personas en todo el mundo perdieron sus empleos, mientras que otros, más afortunados, tuvieron que acostumbrarse al teletrabajo. Todos aprendimos una nueva realidad y una nueva forma de vivir—entre mascarillas, vacunas, y pases de movilidad—y para muchas personas, también, hubo que enfrentar una baja importante en sus ingresos.

Luego, en febrero de este año, mientras aún no superamos la pandemia, vino la invasión rusa a Ucrania como nuevo factor de desequilibrio global. En las primeras fases de la campaña militar, las fuerzas rusas ocuparon gran parte del litoral ucraniano, y entre eso y la acción de su flota marina en el Mar Negro, bloquearon las exportaciones ucranianas al resto del mundo. Todos aprendimos, de repente, que Ucrania es uno de los principales exportadores de trigo y de aceite vegetal, y los precios de estos productos se dispararon en todo el mundo, como resultado de la guerra. Rusia, por su parte, es uno de los principales productores de petróleo y, sobre todo, de gas natural en el mundo, y el embargo de los países occidentales contra Rusia, en forma de sanciones de guerra, ha causado un alza considerable en los precios de estos productos también.

Uno de los resultados más importantes de estas crisis ha sido la inflación, que aparece como el gran problema mundial del año 2022. Si bien algunos países, como Argentina (y ni decir Venezuela), ya estaban acostumbrados a niveles altísimos de inflación, y de sobrevivir a través del mercado negro y de transacciones en dólares, para países como Chile y los Estados Unidos, acostumbrados a una inflación baja o moderada en las últimas décadas, el proceso inflacionario ha sido un choque brutal. Para el ciudadano común y corriente, la inflación significa una diminución de sus ingresos reales, porque todos los elementos de la canasta familiar (pan, aceite, comestibles, bencina, etc.) subieron de valor, pero los ingresos, por lo menos de la mayoría, siguen siendo los mismos. Es una situación que naturalmente produce descontento, y que se convierte en tema de batalla para la oposición política contra el gobierno de turno, cosa que ha pasado tanto en Chile contra el nuevo gobierno de Gabriel Boric, como en Estados Unidos contra la administración de Joe Biden.

Sin embargo, la inflación en general es producto de muchos factores, y las políticas gubernamentales son solo una de sus causas y, generalmente, no es la más importante.  Si, por ejemplo, la inflación fuera resultado de las políticas de izquierda, se vería una brecha importante en niveles de inflación entre países, según los colores de sus gobiernos, lo cual no es el caso. La inflación se produce, en términos económicos, cuando hay mucha demanda y poca oferta por un producto dado. Tomamos el ejemplo del aceite vegetal, producto del cual, como ya se ha notado, Ucrania es uno de los productores principales en el mundo. La guerra en este país ha impedido que se pueda exportar su aceite, reduciendo, de esta forma, la cantidad de aceite disponible en el mercado mundial. No obstante, la demanda mundial del aceite sigue más o menos igual. Los productores en otros países, frente al desequilibrio entre oferta y demanda, pueden subir sus precios y aumentar sus ganancias, y el costo del aceite ha subido como consecuencia, como los lectores podrán constatar. El equilibrio entre oferta y demanda funciona de la misma forma para muchos otros productos, y la suma de todas las alzas de precios resultantes es la inflación.

Lo anterior no implica, sin embargo, que los gobiernos no tengan nada que ver con la inflación. Una de las causas de la situación actual han sido las políticas públicas frente a la pandemia del COVID-19. Como resultado de la pandemia, muchas personas en todo el mundo quedaron cesantes, y los estados tuvieron que intervenir para prevenir una catástrofe humanitaria. En muchos países, la respuesta fiscal más eficaz fueron los bonos de ayuda directa a las personas más necesitadas, lo que en Chile fue el IFE, medida que el gobierno anterior finalmente adoptó, aunque más tarde de lo que debería haberlo hecho.  En Estados Unidos también, el gobierno de Donald Trump otorgó ayuda directa en forma ostentosa, mandando cheques personalizados con su propia firma desde la Tesorería a todos los ciudadanos. Obviamente, su intención fue comprar votos, pero después de que perdió la reelección, su sucesor, el actual presidente Biden, brindó otro paquete de ayuda al pueblo norteamericano. Quiero enfatizar que otorgar ayuda económica durante la peor pandemia de nuestras vidas era necesario para evitar un mal mayor o, por lo menos, mitigarlo. Los niveles de pobreza aumentaron durante la pandemia, pero sin ayuda fiscal, habría sido mucho peor. Pero, en términos macroeconómicos, estos bonos insertaron una gran cantidad de dinero líquido al mercado, en un momento en el cual todavía había escasez de muchos productos por causa de la pandemia y el colapso del sistema de abastecimiento mundial. Volvemos al equilibrio entre la oferta y la demanda. En este caso, fue la demanda que aumentó, dado que el pueblo recibió más dinero y lo quiso gastar, pero la oferta no fue suficiente frente a la nueva demanda. Resultado:  los niveles de inflación más altos en cuarenta años en los EE.UU., alrededor de un 9%.

Volviendo a la situación de Chile, hay muchos factores parecidos. Aquí también, los gobiernos, para mitigar los efectos del desempleo y del aumento de la pobreza, insertaron nuevos fondos al mercado nacional. El IFE, en particular, fue una buena política pública, porque se distribuyó ayuda a la gente que más la necesitaba y, sin duda, mantuvo muchas familias por encima de la línea de pobreza. Pero en Chile, también está el factor de los retiros de las AFP, una de las peores políticas públicas de los últimos años. El primer retiro se aprobó porque el presidente Piñera se negó inicialmente a entregar ayuda directa al pueblo (adoptar la medida del IFE desde el principio habría sido mucho más inteligente).  Pero este fracaso tuvo muchos autores, entre las principales la diputada Pamela Jiles, quien llevó la demagogia irresponsable hasta pedir segundo, tercero, cuarto, y quinto retiro—aunque estos dos últimos afortunadamente no sucedieron. Los retiros tuvieron varios impactos negativos a la economía chilena. Como inserción masiva de liquidez a la economía, los retiros fueron un factor central en la inflación actual—aumentaron la demanda de productos y servicios, sin aumento proporcional de la oferta. No fueron focalizados hacia los más necesitados—la clase media pudo retirar más que la clase pobre, porque tenían más ahorros. Y por peor, los retiros fueron literalmente “pan para hoy, hambre para mañana”, dado que se desmanteló un sistema de pensiones (que tenía, por cierto, muchos defectos) sin crear uno nuevo, dejando millones de personas sin ahorros para su jubilación. Fue un error enorme que el país lamentará en el futuro.

En suma, la inflación y la crisis económica actual tiene múltiples causas, entre las principales: la pandemia de COVID y la guerra en Ucrania. Aunque sus opositores digan lo contrario, poco tiene que ver el gobierno de Boric (ni tampoco el gobierno de Biden en los EE.UU.), y los partidos de derecha no tienen una varita mágica para resolver la crisis.  Es importante entender las verdaderas causas del momento difícil que vive la economía global y no dejarse engañar por falsas promesas o soluciones demagógicas que solo empeorarían las cosas.

El mecanismo principal que tienen los gobiernos para combatir la inflación es subir las tazas de interés. Volviendo al equilibrio entre oferta y demanda, los intereses más altos reducen la demanda, porque aumentan los costos de las compras grandes (de bienes inmobiliarios, automóviles, etc.). El Banco de Reserva Federal, o el “Fed,” en los Estados Unidos ya ha subido la tasa de interés varias veces este año para combatir la inflación, y el Banco Central de Chile ha adoptado la misma medida con el mismo propósito. Es probable que, a mediano plazo, tales acciones tendrán el efecto positivo de bajar la inflación y volver a la normalidad. Pero es una medicina amarga para los consumidores, limitando la posibilidad de acceder a la casa propia o a la renovación de sus vehículos.

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