Rancagua: entre la batalla, las épicas contemporáneas y la urbe símbolo de la corrupción

Superar las historias trágicas, el 1 y 2 de octubre dentro de ellas, es hoy más relevante que nunca, sobre todo cuando ya no responden a ideales cívicos más contemporáneos y humanos, donde Rancagua tiene mucho que aportar. Allí está el Mundial de futbol de 1962, que por primera nos globalizó; la nacionalización del cobre, conmemorada el 11 de julio en nuestra ciudad; el rico movimiento sindical tenientino, que, a partir del 11 de mayo de 1983, culminara cinco años más tarde derribando a la dictadura de Augusto Pinochet.

Edison Ortiz

Como se sabe, hubo diferencias ente los hermanos Carrera, en especial José Miguel, y Bernardo O’Higgins, que venían del mismo desarrollo del proceso independentista. Allí se mezclaban egos, política, miradas y estrategias sobre cómo independizarse de la Corona española, aunque ambos habían gozado y beneficiado de la vieja potencia ultramarina, ya a punto de desplomarse.

O’Higgins era hijo ilegítimo, del gobernador de Chile y luego virrey del Perú, Ambrosio O’Higgins. José Miguel, en tanto, miembro de una de las familias más prominentes de Santiago, había peleado en la península contra las tropas napoleónicas, bajo las órdenes de Fernando VII donde alcanzó el grado de capitán.

La rivalidad entre ambos era de larga data y se volvió a manifestar desde algunos meses antes del 1 y 2 de octubre de 1814. El 3 mayo, por ejemplo, el chillanejo, firmó con el director supremo Francisco de la Lastra, el tratado de Lircay, que reconocía la autoridad de Fernando VII en el territorio, suprimía los símbolos patrios creados por los hermanos, provocando el malestar del bando carrerino.

Los Carrera huyeron de la prisión de Chillán y al regresar a Santiago destituyeron al director supremo, lo que provocó la indignación de O’Higgins, quien abandonó Talca y se enfrentó con ellos en la batalla de las tres acequias, el 26 de agosto de 1814, donde se impuso el bando carrerino, quedando O’Higgins, sujeto a duras penas, bajo las órdenes de José Miguel Carrera.

Ese fue el escenario previo al 1 y 2 de octubre, fechas en que se volvió a evidenciar la disparidad de criterios entre ambos líderes patriotas. Mientras Carrera era partidario de enfrentar a Mariano Osorio, al mando de tropas realistas, aunque todas de origen nacional, en angostura de Paine, O’Higgins, por su parte, era partidario de enfrentarlos más al sur, en la villa de Rancagua, hasta donde llegó, incluso, uno de los hermanos del comandante en jefe para defender la trinchera de Rancagua.

O’Higgins hizo, entonces, todo lo que no debe hacer un general en batalla: encerrarse en un lugar fácil de sitiar y asfixiar, cortar el agua y esperar que se produzca el descalabro. Carrera, en tanto, miró desde la angostura de Paine la humareda de la villa incendiada y no asistió a O’Higgins, ni este último se replegó hacia Paine. Después de un día y medio de sitio, O’Higgins, en un acto desesperado, acompañado por parte de su soldadesca atrincherada en la iglesia de La Merced, rompe el cerco y huye. Rancagua ha sido un desastre dejando más de 400 muertos, cientos de heridos y un poder real restituido, que marcará un antes y un después en la lucha por la independencia. Ese hecho trágico constituyó, para bien y para mal, nuestra primera identidad, basada en el mito de las batallas sin gloria y de héroes trágicos.

La larga marcha a Mendoza no mina las odiosidades profundizadas en Rancagua

Rancagua no aminoró las veleidades y diferencias entre los Carrera y O’Higgins; por el contrario, las volvió insalvables y eso se volvió a manifestar durante el exilio en Mendoza. El historiador liberal del siglo XIX, Miguel Luis Amunátegui, hará, en torno a ese proceso, la siguiente reflexión: “Los gloriosos derrotados de Rancagua no se eximieron de ésta que llamaré la injusticia de la desgracia. Necesitaban un pretendido culpable, colocado a sus alcances, sobre quien descargar los golpes de su pesar. La víctima que escogieron fue don José Miguel Carrera. Se atribuyó la derrota del 2 de octubre, la pérdida de Chile, a una traición del general en jefe. El no haber éste socorrido a los sitiados de Rancagua… esa calumnia infundada, arrojada por los o’higginistas al rostro de los carrerinos, acabó de exasperar sus resentimientos. Estos últimos volvieron a sus adversarios injuria por injuria, y les replicaron con las capitulaciones de Lircay, que calificaban de ignominiosas, y desde las cuales hacían datar la pérdida del país. Todo fue acusaciones y cargos; todo fue reproches y denuestos. Los emigrados arribaron a Mendoza divididos en dos bandos, que se aborrecían de muerte, y entre los cuales todo avenimiento era imposible”.

José de San Martín, gobernador de Mendoza, percibió la división y no dudó mucho en decidirse por O’Higgins. El ejército libertador, sin los Carrera, cruzó en 1817 la cordillera de Los Andes y en abril, derrotaban en Lircay al bando realista, y se afianzaba con ello la independencia de Chile. Los notables de Santiago piden a José de San Martín, quien tiene la vista puesta en Perú, como director supremo, pero éste termina imponiendo a O’Higgins.

En abril de 1818, se iniciaba el fin del capítulo que se abrió en Rancagua cuatro años antes y los hermanos Luis Florentino y Juan José Carrera eran fusilados en Mendoza por el delito de conspiración contra el gobierno de Chile, encabezados por San Martín y O’Higgins. Como se sabe, el director supremo de Chile le envía las costas del fusilamiento al padre de los hermanos, Ignacio Carrera, quien sufre un infarto cuando recibe la noticia. Es conocida, además, la protesta de Manuel Rodríguez, quien ingresa al palacio de la Real Audiencia y le grita a O’Higgins que lo hace responsable de la muerte de los Carrera. Un mes después, el guerrillero que hizo leyenda en Colchagua, moría asesinado por la espalda, inaugurando con ello, una larga tradición chilena: la ejecución política.

1 y 2 de octubre: no hay nada que festejar

El capítulo final de aquella disputa de larga data, donde Rancagua abrió una grieta abismal, se cerró en Mendoza, cerca del mediodía, un día 4 de septiembre de 1821. José Miguel Carrera ya a las 9.00 am escribía en su libro de notas, un mensaje póstumo a su mujer: “Mi adorada pero muy desdichada Mercedes, un accidente inesperado y un conjunto de desgraciadas circunstancias me han traído a esta situación triste: ten resignación para escuchar que moriré hoy a las once, sí, mi querida, moriré con el solo pesar de dejarte abandonada con nuestros cinco tiernos hijos, en un país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos”. A eso de las 12.00, mediodía, era fusilado en la plaza de Mendoza, sin antes pedir que no lo vendarán y que le apuntarán directo al corazón. Tenía 35 años.

Fusilamiento del General chileno José Miguel Carrera y el Coronel Felipe Álvarez en Mendoza, 4 de septiembre de 1821. Imprenta y Litografia Franco Chilena. Memoria Chilena.

Epílogo: superar los mitos patrios y construir una épica patriota más amigable y contemporánea

Como he señalado repetidas veces, la conmemoración de batallas trágicas y de héroes guerreros fueron significativas a inicios del siglo XIX, cuando había que inventar el mito de la nación en un pueblo que no tenía historia, luego de 200 años, una historia común y una cierta identidad que expresan muy bien el desfile de banderas y símbolos patrios que se da en torno a los 18, pienso que es necesario profundizarlas y/o transformarlas por mitos más contemporáneos y positivos.

En ese sentido, superar esas historias, el 1 y 2 de octubre dentro de ellas, es hoy más relevante que nunca, sobre todo cuando ya no responden a ideales cívicos más contemporáneos y humanos, donde Rancagua tiene mucho que aportar. Allí está el Mundial de futbol de 1962, que por primera nos globalizó; la nacionalización del cobre, conmemorada el 11 de julio en nuestra ciudad; el rico movimiento sindical tenientino, que, a partir del 11 de mayo de 1983, culminará cinco años más tarde derribando a la dictadura de Augusto Pinochet.

Pero está, también, la corrupción

En 1995, cuando el entonces alcalde de Rancagua, Esteban Valenzuela, denunció un intento de soborno de parte de una empresa que postulaba a adjudicarse el contrato de basura, sin que el asunto haya terminado en ninguna condena; la corrupción nos ha perseguido y se ha arraigado porque, además, ha quedado sin sanción. Vinieron luego el MOP-GATE, que terminó con el intendente Ricardo Trincado detenido; las irregularidades en las plantas de revisión técnica (prt), que culminaron con el entonces diputado Juan Pablo Letelier, también preso y quien fue absuelto en un proceso judicial de antología; enseguida, los escándalos de Chile Deportes con una arista regional; posteriormente, el tema de los correos de la intendencia; los escándalos de Eduardo Soto en el municipio de Rancagua, incluida su vida privada; las irregularidades en la entrega de visas en la gobernación con Piñera II, y ahora los de la administración actual del municipio, por nombrar algunos de los casos más emblemáticos que se me vienen a la memoria.

Se ha ido instalando, comunicacionalmente, a nivel nacional la idea de una ciudad corrupta  “la capital nacional de la corrupción”, como me lo graficó alguna vez un conocido periodista, imagen que, de no trabajarse bien, nos puede dejar sin batallas, sin épicas contemporáneas y con una imagen de ciudad difícil de revertir. No sé si aún estaremos a tiempo de cambiar eso.

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